ARTÍCULO: LAS PALABRAS SABIAS DEL DOCTOR HECTOR PELAEZ

In memoriam

El día 6 Julio de 2014, los cartageneros recibimos con gran dolor la lamentable noticia del fallecimiento de Héctor Hernández Ayazo, abogado, ex director y columnista de periódico El Universal. La Revista LA INJUSTICIA rinde homenaje a la memoria de Héctor Hernández Ayazo reproduciendo dos de sus destacadas columnas publicadas en El Universal de Cartagena.

La palabra de los delincuentes

@ElUniversalCtg

19 de Junio de 2011 12:00 am

Los delincuentes gozan de buen espacio en lo medios cuando deciden incriminar a otros.

Se palpa proclividad para destacar los dichos de matones y pícaros, de funcionarios corrompidos y arbitrarios, y en general de los sindicados de delitos que llamen la atención de las gentes, cuando acusan a terceros con papel descollante en la sociedad. En ciertos casos se percibe en esas divulgaciones cierta fruición de quienes las hacen o autorizan y, en veces, se las presenta como prueba idónea para colocar a otras personas, con justicia o sin ella, en posición de sospechosas o, peor aún, de convictas, por el dicho de los delincuentes.

Quizá ante el desvencijamiento ético e institucional que padece el país sea fácil pensar que cualquier persona es capaz de cualquier crimen y que ser incriminado por un delincuente es algo natural que a cualquiera puede ocurrir. Tal vez el deterioro moral de nuestras conductas y en especial la cotidianidad de los hechos incorrectos de dirigentes políticos y económicos de todos los tamaños determine pensar que todos somos delincuentes, no ya potenciales, sino encubiertos

Impera una propensión a creer cuanta versión perversa se difunda contra alguien, a pesar de lo correcto que ese alguien haya sido hasta entonces.

Casi que en todos los casos de delitos que acaparan la atención general, la primera reacción de medios y ciudadanos es preguntarse a quiénes va a involucrar el sindicado. Se experimenta desolación cuando el sindicado no abre sus declaraciones con una lista de notables a quienes señale como determinadores, coautores, auxiliadores o beneficiarios de los crímenes imputados. Así llevamos largos meses esperando que uno de los implicados en el llamado escándalo de las chuzadas diga que Uribe lo mandó a chuzar, o que un beneficiario de préstamos de AIS diga que el exministro Arias le exigió respaldo electoral, o que un narcotraficante o un paramilitar diga que Samper le ordenó asesinar a Gómez Hurtado.

Se goza viendo en dificultades, cuando no enlodado, a quien conserva buena fama y a quien, a pesar de las animadversiones, no se le ha podido sentar, con razones valederas, en el sitial de los acusados.

No comulgo con el criterio de descalificar toda aseveración de los delincuentes, pues el hecho de serlo no significa que siempre sean mentirosos, mas tampoco es aceptable tomar como verdad inconcusa cuanto declaren. Su testimonios merecen un exigente examen y deben recibirse con desconfianza, máxime cuando acusar permite reclamar premios. Es demasiado peligroso que una sociedad finque su justicia en el dicho de los delincuentes. Por ese camino, Mancusos y Rasguños, Quicas y demás del mismo talante delictual serán los dueños de la libertad de las demás personas, en especial, de sus contradictores o adversarios.

Y no olvidemos que el inculpar o no a inocentes puede convertirse en expedita herramienta de chantaje por parte de delincuentes que por sus múltiples crímenes ya no tienen honra que perder, escasas esperanzas de libertad y sí mucha codicia, amén de pericia en hacer daño. Terrible que, por el crédito que los jueces les brinden, tenebrosos criminales terminen dictando sentencias a su acomodo y conforme a sus intereses tenebrosos, Así se desquicia la sociedad.

*Abogado – Docente de la Universidad del Sinú-Cartagena hhernandez@costa.net.co

Fuente consultada agosto 12 de 2014 La palabra de los delincuentes | EL UNIVERSAL – Cartagena www.eluniversal.com.co/columna/ la-palabra-de-los-delincuentes

La crisis en la justicia

El Universal, 23/09/2012

Se discuten en el Congreso, sin coherencia ni ponderación, las recurrentes propuestas de inventar delitos y de aumentar las causas de privación de libertad, y el resto de asuntos importantes parecen no interesarle ya ni al Gobierno ni al Congreso.

Esta conformidad con lo existente es demasiado peligrosa. La realidad no se corrige ignorándola.

La institucionalidad judicial está debilitada. En lugar de aplicarse a lo suyo, el Fiscal General está más interesado en que Simón Trinidad participe en las conversaciones de paz, cuando tal asunto no es de su resorte, como tampoco lo es del Consejo Superior de la Judicatura ni de ninguna corte colombiana, por empingorotada que sea. Éste es sólo un ejemplo del desborde diario de algunos encopetados magistrados que animados por conveniencias coyunturales de sectores políticos, sin desparpajo, decidieron abandonar la toga del juez para transmutarse en intrusos opinantes de temas que corresponden a otras instancias del poder público. Hasta hace dos años, ese desborde, a veces prepotente y siempre impertinente, tuvo aplaudidores que lo presentaron como justificada reacción contra las presuntas pretensiones del presidente Uribe de colocar las altas cortes bajo su coyunda. Ido Uribe, ¿qué decir ahora para explicar y bendecir la impropia intervención de ciertos magistrados en asuntos reservados por la Constitución a otras ramas?

A la par de esa desinstitucionalización, la corrupción corroe el aparato judicial sin pausa ni medida, a la par que la torpeza de muchas providencias y la incorregible mora en las decisiones se tornan fruto cotidiano de un sistema en crisis extrema. Jamás la justicia había sido valorada tan bajo como hoy por la opinión pública. Hay magistrados y jueces probos, sabios y diligentes: ¿quién puede dudarlo? Como también, y ¿acaso habrá quien ose desmentirlo?, abundan los funcionarios indolentes, al igual que los ricos en ignorancia y los desmedidos en la codicia que convierten sus despachos en casas de subastas de providencias.

Cuando se habla de la paz es insoslayable recordar que su principal enemigo es la injusticia. ELN y FARC podrán silenciar sus fusiles, pero el delito y el abuso seguirán floreciendo y abundando en cosecha, con su consecuente generación de violencia, hasta cuando construyamos una justicia seria, sabia, imparcial y desligada de entrometimientos en lo que no es de su oficio. Y para ello, hoy, una constituyente parece indispensable.

Abogado – Docente Universidad del Sinú – Cartagena” h.hernandez@hernandezypereira.com.

Fuente el Universal 23/09/2012

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